Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Investigando a los mayas

A principios del pasado agosto se descubrieron cuatro nuevos emplazamiento en las junglas montañosas del sur de Belice, con la particularidad de que están intactos

A principios del pasado agosto se descubrieron cuatro nuevos emplazamiento en las junglas montañosas del sur de Belice, con la particularidad de que están intactos, sin los saqueos previos que los investigadores usualmente encuentran al estudiar un nuevo lugar de esta civilización cuyos restos conocidos, y, según el arqueólogo George Stuart, representan menos del 1% de los que originalmente existieron, a pesar de lo cual la cultura maya fascina por igual desde al turista que contempla en Palenque palacios semiocultos en la selva hasta a los centenares de investigadores que se dedican incansablemente a interpretar los vestigios que nos quedan hoy día. Aunque la civilización maya ha sido redescubierta en varias ocasiones, el esfuerzo de las investigaciones actuales, utilizando las más modernas técnicas e instrumentos, puede ser definitivo para descifrar algunos de sus enigmas, entre ellos el de la aparentemente misteriosa y rápida desaparición histórica de esa cultura.
 
Ya en el siglo XVI, tras la conquista española, el obispo Diego de Lande escribió su Relación de las Cosas de Yucatán, preciado relato de la cultura maya encontrada por los españoles. En 1840, el arqueólogo americano Stephen y el arqueólogo e ilustrador Catherwood realizaron el primer estudio en profundidad de los territorios maya del sur de México y Guatemala, siendo hacia 1890 cuando el explorador inglés Alfred Maudslay escribió el primer catálogo de monumentos, inscripciones y excavaciones conocidas. Pero sobre todo hay que agradecer la valentía de una mujer victoriana, la inglesa Adela Catherine Breton, quien durante 8 años, en Chichén Itzá, desafió calor garrapatas y la casi invencible burocracia de la administración, consiguiendo reproducir fielmente en dibujos y pinturas los pétreos relieves y los murales policromos allí hallados. Tras los años transcurridos, por la humedad, el calor y los saqueos incontrolados, hoy día, al igual que en otros muchos casos, se han perdido los originales, pero afortunadamente quedan esas exactas reproducciones.
 
Tras el asombro de su descubrimiento, se llegó a especular que los monumentos mayas eran sobrevivientes del perdido continente de la Atlántida, de los esfuerzos de las tribus de Israel o incluso de las civilizaciones egipcias, fenicia, china o de Java. Hoy está admitido el carácter autóctono de esa civilización de gran identidad lingüística y cultural, que ocupó gran parte de la geografía mesoamericana, concretamente lo que actualmente es el sur de México desde el río Grijalva, así corno gran parte de Guatemala, Belice, Honduras y El Salvador, sabiendo usar la piedra caliza para sus imponentes construcciones que alcanzaron su máximo esplendor en el denominado periodo clásico, entre los años 325 y 925, flanqueado por los periodos preclásico y postclásico, dejando huellas tan importantes corno los emplazamientos de Palenque, Uxmal, Tulum y Chichén /Itzá en México, los de Yaxchilan; Tikal y Dos Pilas en Guatemala, el de Caracol en Belice o el de Copan en Honduras. 
 
En las estelas o escrituras hieroglíficas sobre piedra, registraban los mayas los acontecimientos más importantes históricos, políticos o religiosos y aunque haya de tenerse siempre presente su carácter oficial, propagandístico, su desciframiento está siendo de gran valor y entre los arqueólogos a ello dedicados destaca David Stuart, un joven de 28 años, hijo de arqueólogos, que desde sus tres años está familiarizado con las ruinas mayas, y que a los 18 años ya recibió un importantísimo galardón internacional por su tremenda labor. Su propósito es catalogar todas las inscripciones y escrituras mayas conocidas, tarea que como él indica superará los límites de una vida humana.
 
Todo lo que se va conociendo sobre la cultura maya está sirviendo para desacreditar algunas interpretaciones anteriores y confirmar otras. Es evidente que sus conocimientos astronómicos eran extraordinarios, utilizando un calendario de 365 días y fracción, casi idéntico al nuestro, aparte de su calendario ritual de 260 días. El ciclo de diversos astros, entre ellos el de Venus, fue calculado con una exactitud asombrosa y su registro de tiempos a partir de un origen arbitrario era equivalente al tiempo cero de nuestra era. Por el contrario, las primeras suposiciones de que la maya era una raza pacífica, ya no se puede sostener. La guerra tenía entre ellos un papel clave y las torturas y sacrificios humanos acompañaban sus celebraciones religiosas, deportivas o de dedicación de monumentos, y las luchas contra sus vecinos eran constantes. 
También hay que descartar que los centros de las ciudades mayas se utilizasen solo para fines ceremoniales y no para vivir, o que su agricultura fuese muy primitiva. Asimismo, parece claro que no solo registraban en sus calendarios acontecimientos religiosos y astronómicos sino también otros históricos o mundanos.
 
En cuanto al llamado misterio de su declive, las investigaciones señalan varias causas cuyo conocimiento puede ser de consecuencias valiosas para el hombre de hoy. Un primer factor consistió en la superpoblación: de datos arqueológicos de 20 lugares se ha deducido para ciertas zonas bajas del sur de América central la existencia, en su día, de una densidad de población de 200 habitantes por kilómetro cuadrado, lo que significa la cifra más alta conocida del mundo preindustrial. Ello condujo a la sobreexplotación de los recursos naturales y a la desintegración agrícola y, lo que fue mucho peor, arrasaron su ecosistema de inmensas selvas húmedas, no dejando en pie casi ningún árbol tropical, como ha quedado evidenciado en los estudios sobre los granos de polen investigados encontrados bajo la capa terrestre superficial actual. Otro hecho crucial, ligado con el anterior, debió ser la falta de agua. Hoy conocemos que los mayas eran capaces de construir sofisticados sistemas de almacenamiento pues durante los cuatro meses secos anuales las ciudades dependían del agua almacenada. Esto les hacía ser muy vulnerables a cataclismos naturales tales como sequías prolongadas, huracanes devastadores de sus reservas, destrucciones intencionadas, etc. Por otra parte, los estudios realizados sobre la composición química de los antiguos suelos, las muestras de polen y los restos óseos de la civilización maya van configurando la sospecha de que existía una altísima mortalidad, sobre todo infantil, debida a malnutrición, coincidente con el inicio del declive, al final del periodo clásico. Lógicamente, también pudieron ser determinantes para ese final sus costumbres guerreras que les condujeron a masivas matanzas entre ellos, aunque en todo caso lo esencial fue la destrucción del medio ambiente, de la selva húmeda tropical, debido a la presión demográfica y a la sobreexplotación y falta de respeto al medio natural, lo que les hizo aún más vulnerables a los efectos nocivos de los cataclismos naturales.
 
 
Información adicional
 
* Se estima que descendientes directos de los antiguos mayas aún viven más de un millón de personas en el sur del estado mexicano de Chiapas y otros cinco millones la península de Yucatán y en comunidades rurales de Belice, Guatemala, Honduras y El Salvador. Los que en su día fueron orgullosos mayas viven en la actualidad en condiciones de extrema pobreza con mortalidades infantiles que alcanzan valores del 50%.
 
* Los mayas acostumbraban a afilar sus dientes en forma de T o de punzón y utilizaban diversos artilugios físicos para modelar su rostro, achinar los ojos de los niños o hacer más coniforme su cráneo, posiblemente buscando un mayor parecido con las mazorcas de maíz.
 
*Aunque aún no está totalmente descifrado el significado total de su juego de pelota, aparte de su papel recreativo poseía una función ritual. La pelota maciza de goma simbolizaba el sol o la luna y su movimiento constante en el aire, el de los planetas netas. Posiblemente los perdedores eran torturados, decapitados y sus cabezas usadas como balones, mientras sus cuerpos enrollados esféricamente, se arrojaban descendiendo a lo largo de las grandes escalinatas de sus pirámides.