Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

El cerebro pecaminoso

El cerebro pecaminoso
Ilustración :: ÁLEX

El pecado, ¿es algo innato o adquirido?. ¿Puede abordarse esta pregunta científicamente?. Los científicos cuentan ahora con herramientas tecnológicas para revelar la raíz de nuestros impulsos más oscuros, arraigados en lo más profundo de nuestro cerebro. Veamos el ejemplo de los pecados capitales.

PECADOS CAPITALES
Aunque el concepto se atribuye a Santo Tomás de Aquino (1225-1274), la realidad es que ya habían sido recopilados y clasificados con anterioridad por San Gregorio Magno (540–604 d.C.), también conocido como Papa Gregorio I. Posteriormente, Dante Alighieri integró los pecados capitales como núcleo argumental de “La Divina Comedia” (1308-1321), una obra maestra dentro de los poemas teológicos y muchos artistas los han usado a lo largo de los siglos como fuente de inspiración de sus grandes obras. Recordemos que estos siete pecados capitales son la lujuria, la gula, la avaricia, la pereza, la ira, la envidia y la soberbia. El término capital no se referiría a la magnitud del pecado sino a que daba origen a otros muchos pecados. Según Santo Tomás “un vicio capital es aquel que tiene un fin excesivamente deseable de manera tal que en su deseo, un hombre comete muchos pecados todos los cuales se dice son originados en aquel vicio como su fuente principal”.

En marzo del 2008, el regente del Tribunal de la Penitenciaría Apostólica del Vaticano, cardenal Gianfranco Girotti, presentó la siguiente discutible lista, que pretendía ser una actualización del tema de los grandes pecados: No realizarás manipulaciones genéticas, no llevarás a cabo experimentos sobre seres humanos, incluidos embriones, no contaminarás el medio ambiente, no provocarás injusticia social, no causarás pobreza, no te enriquecerás hasta límites obscenos a expensas del bien común, no consumirás drogas.

Pero, dejando aparte especulaciones religiosas, ¿existe alguna implicación biológica, posiblemente cerebral, relacionada con los impulsos que conocemos con el nombre de los siete pecados capitales?.

 

LUJURIA Y GULA
El primero y más llamativo de la lista de los pecados capitales es la lujuria. Se define como el pecado que incluye pensamientos o deseos obsesivos o excesivos de naturaleza sexual. En palabras de Dante, “el amor excesivo por los demás”. El castigo a la lujuria en el infierno de Dante sería el ser asfixiado en fuego y azufre.

Investigadores de universidades como Montreal, Northwestern, Melbourne, Rutgers, Cornell, etc.  han iestudiado con técnicas sofisticadas, como las imágenes de resonancia magnética funcional, cuáles son las zonas cerebrales más relacionadas con los deseos sexuales.  El de Montreal indicó hace unos años que los impactos eróticos actuaban sobre las regiones cerebrales de la corteza prefrontal media, orbitofrontal, insular y occipitotemporal, así como en amígdala y corteza estriada ventral y cingular anterior. En los hombres, específicamente también se estimulaban hipotálamo y tálamo.

Los científicos de la Northwestern University de Illinois, en Estados Unidos, han logrado superar las dificultades prácticas de comprobar lo que le sucede a un cerebro humano ante situaciones de lujuria u otros pecados placenteros (gula). Un escáner cerebral tiene unas características (gran atracción magnética, confinamiento físico, ruido, etc,) que dificultarían poder mostrar una película pornográfica a unos voluntarios a fin de estudiar sus respuestas cerebrales. Los investigadores solventaron esos problemas con varias soluciones: situar la pantalla de proyección detrás del escáner, colocar un espejo ante los ojos del paciente para ver la pantalla, usar unos audífonos que permitan transmitir solo los sonidos deseados, etc.  Las imágenes de resonancia magnética obtenidas en los experimentos demostraron que los pecados más agradables, como el de la lujuria, activaban los sistemas de recompensa cerebrales, incluyendo regiones evolutivamente antiguas, como el núcleo accumbens y el hipotálamo, situado profundamente en el cerebro, que nos proporcionan sentimientos tan fundamentales como el dolor, el placer, la recompensa y el castigo. En concreto, esas regiones constituyen el corazón del sistema, indicando que es como si estuviésemos diseñados para pecar o que, al menos, ese “pecado de la lujuria” origina placer. En cualquier caso no podemos olvidar que la inclinación hacia la lujuria también posee un efecto favorecedor para la conservación de la raza humana ya que incrementó el interés activo hacia la procreación a lo largo de la historia humana, favoreciendo la transmisión de nuestros genes.

La gula, el segundo pecado capital, puede definirse como el consumo excesivo de comida y bebida, aunque en un sentido más amplio se puede relacionar con toda clase de excesos. Aquellos que cometieran ese pecado estarían obligados en el infierno dantiano a comer ratas, sapos, lagartijas y serpientes vivas.  Se ha demostrado que cuando comemos nuestro sistema de circuitos de recompensa cerebral también se activa. Según el científico Adam Safron de la  Northwestern University, la gratificación responde a una lógica evolutiva, ya que en el ambiente en el que evolucionamos, los alimentos eran escasos y la naturaleza se encargó de gratificar con la gula al ser humano cuando comía para almacenar grasas y sobrevivir en momentos de privación de alimentos. En esas condiciones adversas fue cuando se modeló el cerebro estableciéndose cuán gratificantes eran los alimentos. Al cambiar las circunstancias, lo que en un momento fue un instinto de supervivencia ahora está vinculado al pecado. De hecho, comer en exceso actualmente es un grave problema médico que afecta a buena parte de la humanidad.

La avaricia es un pecado similar a la lujuria o a la gula pero aplicada a la adquisición de riquezas en particular. Su castigo sería ser colocado en aceite hirviendo. Consideraciones evolutivas y de recompensa cerebral semejantes a las hechas con la gula también serían aplicables a la avaricia o codicia.

OTROS PECADOS
Otro de los pecados relacionado con la escasez de alimentos sería la pereza, catalogada como la “tristeza de ánimo” que nos aparta de las obligaciones espirituales o divinas. Su castigo final sería
ser introducidos en una fosa con serpientes. Según Safron, existe una justificación evolutiva del pecado, "Nunca se tenía la certeza de cuándo se volvería a ingerir una comida sustanciosa. Así que, si era posible, se descansaba. Las calorías que no se quemaban por la inactividad, se podrían usar después en los procesos corporales de crecimiento o de recuperación”.

¿Y qué sucede con las formas más desagradables de pecados capitales, como la ira, la envidia y la soberbia? La ira se puede describir como un sentimiento no ordenado, ni controlado, de odio y enojo. El castigo infernal para la ira era el desmembramiento. En cuanto a la envidia, se relaciona con la avaricia. La envidia desea algo que alguien más tiene y que se desea tener. El castigo para este pecado sería el de sumergir al acusado en agua helada. Respecto a la soberbia o el orgullo, es decir, el deseo por ser más importante o atractivo que los demás, es considerado el más grave de los pecados capitales y fuente de los demás. Su penalización sería el método de tortura conocido como “La rueda”.

Diversos estudios japoneses han investigado los efectos de la envidia y la soberbia mostrando que se relacionan con zonas cerebrales como la corteza prefrontal medial del cerebro, confirmando la teoría de que la envidia y la soberbia pueden ser emociones dolorosas. Respecto a la ira, en la Universidad de New South Wales en Australia se realizó un estudio, fustigando a voluntarios para ver que ocurría en su cerebro cuando se enfadaban. En los depresivos y proclives a guardar rencor, la corteza prefrontal medial se activaba. Esto podría tener relación con la evolución ancestral del cerebro que se vio afectada por el entorno.