Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Nos degradamos

"Tierra bendita / arborescente tierra / exhausta, seca, / pretérita. / El agua / hace tiempo / se ha agotado. / El desierto / recubre casi todo, / y solo resta lo que emergió de la arena / para nunca más ocultarse: /la palabra".

Este poema fue escrito por el bioquímico español Federico Mayor Zaragoza, director general de la UNESCO, hace algunos años, a la vista de las degradadas tierras de Doha, la capital de Qatar. Expresan un sentimiento análogo al vívidamente expresado, hace casi un siglo, por el poeta murciano Vicente Medina: "¿Pa qué quiés que vaya?. Pa ver cuatro espigas / arroyás y pegás a la tierra; / pa ver los sarmientos ruïnes y mustios /.../ Pa ver el barranco, / pa ver la laëra, / sin una matuja...¡pa ver que se embisten, / de pelás, las peñas!."

Y, es que, la degradación de nuestro planeta, constituye uno de los más graves problemas de la Humanidad. Afecta al aire, las aguas y la superficie terrestre, deteriorando fuertemente la geodiversidad y la calidad ambiental, que son los fundamentos de la biodiversidad y del bienestar. Hoy, nos vamos a referir tan solo a la degradación superficial terrestre que, frecuentemente, conlleva, como consecuencia más alarmante, la propia degradación social de los afectados. No podemos ignorar que, en nuestro planeta, como consecuencia de ese fenómeno, uno de cuatro seres humanos está sometido a un progresivo empeoramiento de sus condiciones de vida.

EL PROBLEMA. Es un hecho cierto que, desde el mismo inicio de la presencia humana sobre la Tierra, para sobrevivir, el hombre ha modificado su medio natural, sobre todo tras la introducción de la Agricultura. Ello, se puede corroborar de múltiples maneras: en el presente, en las más remotas zonas alejadas de la civilización, como algunas tierras altas de Papua Nueva Guinea; en buena parte de la actual vegetación mediterránea, consecuencia de las intensas deforestaciones realizadas por las civilizaciones griega y romana; en las contrastadas talas masivas de árboles de la Edad Media; en las dolorosas y actuales grandes quemas de bosques africanos, o en la tremenda eliminación de superficie de las selvas tropicales.

Hoy día, la degradación terrestre afecta a los cinco continentes y llega a interesar a más del 60% de la superficie de Australia, y entre el 30 y el 45 % en el resto de los distintos continentes. Esta degradación alcanza el calificativo de muy grave para más del 15 % del territorio africano y asiático y, en Europa, más del 5% de su superficie también está severamente degradada, siendo la región mediterránea española una de las zonas más afectadas.

CAUSAS. Son diversas. Entre las más importantes, se encuentran: la erosión de los suelos, la desertización, y las consecuencias de la tecnificación de las actividades humanas. La acelerada erosión de los suelos es un factor predominante de la degradación superficial terrestre, de modo particular en las zonas rurales montañosas. Las lluvias e inundaciones alcanzan altas cotas de responsabilidad en el proceso. Los ríos vierten al mar ricos sedimentos en cantidades anuales tan impresionantes como los 3.000 millones de toneladas del Ganges/Brahmaputra, los 1.100 millones del Río Amarillo, los 900 millones del Amazonas, los 500 millones del Yangtzé, y así sucesivamente.

La desertización, segundo factor de la degradación superficial, tiene lugar preferentemente en áreas áridas, semiáridas y semihúmedas. Se estima que, anualmente, se añaden más de 20 millones de hectáreas desertizadas a las más de 3.000 millones de hectáreas previas ya existentes. Ayudan a este indeseable proceso, entre otras, diversas circunstancias: la superpoblación humana, en ciertas áreas; los usos agrícolas intensivos; la sobreexplotación de los acuíferos; el efecto de los vientos; la salinización de las aguas, etcétera. Como ejemplo, durante la sequía del Sahel africano, entre 1970 y 1980, el incremento de la erosión debida a los vientos fue tan enorme que inmensas cantidades de polvo llegaron hasta las costas americanas, a través del océano Atlántico. Y la salinidad de las aguas afecta ya a más del 24% de los 250 millones de hectáreas irrigadas existentes en el mundo.

En cuanto al impacto de la actividad humana, los residuos y vertidos procedentes de industrias y ciudades arruinan nuestros ecosistemas, que se cargan de metales pesados, detergentes, o radiactividad, transmitidos por el agua o el aire. No es menos contaminante la moderna agricultura que, cada vez más, usa mayores cantidades de fertilizantes y pesticidas. Y, restringidos al fenómeno de la lluvia ácida, ésta afecta ya a más del 20% de los 150 millones de hectáreas de bosques europeos. En España, el porcentaje se eleva al 28%, es decir, a más de cuatro millones de hectáreas.

REMEDIOS. ¿Existen soluciones para estos graves problemas?. Pueden haberlas y han de partir de una adecuada toma de conciencia al respecto, que se plasme en convocatorias como las recientes cumbres mundiales sobre la Tierra, celebradas bajo los auspicios de las Naciones Unidas, con resultados más o menos brillantes dependiendo de la óptica con que se analicen.

La opinión de los expertos es necesaria. El profesor Herman Verstappen ha sido Presidente de la UNIÓN GEOGRÁFICA INTERNACIONAL y ha realizado un certero análisis del problema, publicado en el último WORLD SCIENCE REPORT de la UNESCO. El profesor Verstappen considera imprescindible una labor educadora que haga comprender que la reparación de los daños no es un fin en sí misma, sino un prerrequisito para conseguir el bienestar sostenido de la Humanidad. Las acciones destinadas a ello simultáneamente han de ser internacionales, nacionales y locales, y, todas ellas, coordinadas por una filosofía común. La reforestación y las prácticas agrícolas adecuadas (aterrazamientos, cultivos juiciosos controlados, etc.) tienen bien demostrada su utilidad en muchos lugares en los que se han realizado esfuerzos coordinados. Lo mismo sucede respecto al consumo inteligente del agua, o su recuperación. O con el control de la superpoblación. O con la lucha contra la contaminación. Pero, en todas estas materias, aparte de Organismos e Instituciones, ha de ser la presión social la que puede conseguir que nuestros actuales conocimientos científicos y técnicos se apliquen. No solo para obtener un mayor bienestar instantáneo, sino para lograr, en lo posible, que transmitamos a las generaciones futuras un planeta Tierra ambientalmente más sano y habitable que el actual.