Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Conversaciones en el panal

Muchísimo antes de la aparición del hombre sobre la Tierra, las abejas ya poblaban nuestro planeta. Los arqueólogos moleculares han sido capaces de conseguir recientemente alguna de las muestras de ADN más antiguas conocidas, a partir de restos fosilizados de abejas, con más de 40 millones de años de antigüedad.

Las abejas constituyen un gran grupo de insectos, ampliamente distribuidos, miembros de la familia Apoidea (orden Himenopteros), de los que se han descrito más de 12.000 especies, distribuidas en 6 familias. Una de ellas es la Apidae, a cuya subfamilia Apinae, la de las abejas sociales, pertenecen las abejas melíferas o productoras de miel. En una colmena normal viven unas 50.000 abejas. Un gran número de ellas son obreras, proveedoras o recolectoras, que se desplazan alrededor de su morada, por un área geográfica que puede superar los 7 kilómetros cuadrados, recolectando néctar y polen de flores como alimentos, agua para el enfriamiento evaporativo de la colmena y resina para sostener su estructura. La utilidad de las abejas melíferas es enorme para la Humanidad, no ya por el valor económico de sus producciones, sino por la valiosísima e incalculable aportación que hacen en los procesos de polinización de todas las cosechas vegetales, sin cuyo concurso, sus costos, con polinización artificial, se verían disparados o sus rendimientos arruinados.

LA COMUNICACIÓN. Por ello no es de extrañar que la vida y costumbres de las abejas melíferas hayan sido objeto de la curiosidad humana. Unos 350 años antes de Cristo el gran Aristóteles fue capaz de observar como la abeja recolectora que descubría una nueva fuente de alimento regresaba al panal y podía reclutar a un buen número de sus compañeras que quedaban capacitadas para la localización precisa del lugar alimenticio. Al igual que otros muchos naturalistas quedaría intrigado con la especie de danza alegre que ejecutaba la abeja proveedora al regreso al nido para el aparente disfrute de sus congéneres. Unos 400 años después se cuenta que el sabio romano Plinio el Viejo, autor de una magna Historia Natural, compuesta de 37 tomos, fue tan hábil como para construir una colmena que tenía una ventana hecha de un material transparente basado en cuerno, a través de la cual pudo asombrarse con las danzas de las abejas.

¿Cómo puede comunicar una abeja a sus compañeras el lugar exacto de una apetitosa nueva fuente de alimento?. O lo que es lo mismo, a partir del lugar en qué está situada una colmena ¿cómo indica el ángulo o dirección hacia el que deben dirigirse, así como la distancia que han de recorrer?. Evidentemente que con estos dos solos parámetros sería suficiente para conseguir la ubicación, pero no se nos pueden escapar dos dificultades adicionales: en el interior de la colmena reina la oscuridad, por lo que las abejas no pueden ver y, por otra parte, estos insectos carecen de un sentido típico del oído. Entonces, ¿cómo conversan, cómo se comunican entre sí las abejas?.

LA DANZA. El misterio comenzó a aclararse hace unos 50 años pero se ha desentrañado muy recientemente. En los años cuarenta, Karl von Frisch, de la Universidad de Munich, comprobó que había una correlación definida entre los pasos y contoneos del baile de una abeja en la colmena y la dirección y distancia existente entre el nido y la nueva fuente de recursos. Durante 20 años se pensó que, de algún modo, en la visualización de esa danza silenciosa era donde radicaban las claves al respecto. Pero ¿cómo veían?. Como alternativa se sugirió un papel primordial en la participación de los olores asociados a las muestras alimenticias que la abeja recolectora repartía al final de su actuación entre las abejas espectadoras. En todo caso quedó establecido, al cabo del tiempo, que la danza se realizaba en un plano vertical, sobre y entre las láminas verticales de los paneles de la colmena, con la descripción de un recorrido en forma de ocho. En ese ocho podemos imaginar un eje que siguiera la dirección y sentido de la unión entre los dos bucles constituyentes del ocho, de modo que cada bucle quede simétricamente dispuesto respecto a ese eje. En el transcurso de la danza, siguiendo el ocho imaginario, la abeja danzante se contonea cuando recorre el eje. Pues bien, tomando como referencia la posición de la colmena y del Sol, la dirección y el sentido del eje indica precisamente hacia dónde deben dirigirse las abejas, de modo que si, por ejemplo, es en dirección hacia el Sol (ángulo 0º) el eje será vertical y hacia arriba y sobre el mismo se contoneará la abeja; si el alimento estuviese, tomando esas mismas referencias, en una dirección situada a 45º a la derecha del Sol, entonces el eje del baile contoneante también estaría desviado del vertical 45º a la derecha, y así sucesivamente. ¿Y cómo se evalúa la distancia?. En función del ritmo del baile, de modo que a un ritmo más acelerado le corresponde una menor distancia.

LA VISUALIZACIÓN. Hace pocos años también se resolvió el problema de la visualización del baile en la oscuridad. El baile contoneante no era silencioso, sino que la abeja danzante al batir sus alas hace que el aire se mueva, emitiendo unos sonidos débiles, entre 250 a 300 hertz, que se desplazan exclusivamente por el aire y a corta distancia. Por tanto, el eje del baile contoneante no es visto sino oído por las abejas espectadoras, a través de los hace poco tiempo descubiertos órganos de Johnston, unas estructuras bilaterales (sonido estereofónico) neuronales situadas en el segundo artejo de las antenas del insecto, de modo parecido a como perciben ciertos sonidos transmitidos por el aire algunas moscas y mosquitos. Las abejas espectadoras, al darse por enteradas, presionan su tórax, golpeando el panal, haciéndolo vibrar y esta es la señal para que la abeja recolectora reparta a sus vecinas pequeñas porciones del manjar recogido.

Lo más interesante es que los investigadores de la Universidad de Odense han sido capaces de construir una abeja recolectora artificial, con latón recubierto de cera de abejas, dotado con alas vibrantes, dispensador de disolución de azúcar, perfumado, etcétera., y perfectamente controlado por un ordenador, con capacidad de simular multitud de diferentes circunstancias experimentales. Los resultados obtenidos en varias temporadas de estudio han confirmado todo lo anteriormente expuesto, la irrelevancia de los olores al respecto, así como multitud de nuevos detalles. Uno de ellos, la capacidad de aprendizaje de las abejas, usando un laberinto con varias salidas en las que, aleatoriamente, en una de ellas se simula un sonido y si la abeja se dirige hacia allí se le recompensa con un poco de agua azucarada. Al poco tiempo las abejas han aprendido a dirigirse siempre a la salida correcta. Entre las investigaciones en marcha algunas se dedican a explorar si existen posibilidades de conversación entre las abejas, más ricas que las hasta ahora conocidas, ya que, por ejemplo, se ha comprobado su capacidad de discriminación entre sonidos con tonos distintos. En todo caso este lenguaje parece ser exclusivo de las especies de abejas melíferas que evolutivamente se han adaptado a habitáculos oscuros como los panales.