Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

El espejo del chimpancé

El espejo del chimpancé

Nuestro pariente más cercano es un maestro, a veces incómodo, que nos enseña mucho sobre la conducta y genética humanas. Los científicos descubren que cada vez nos parecemos más


El paleoantropólogo Louis Leakey, que ayudó a establecer el origen africano del ser humano, llevó en 1957 como asistente en un viaje a Kenya a la secretaria Jane Goodall, interesada en el estudio de los primates. Con el apoyo del científico, la joven empezó a observar a los chimpancés de Gombe, en 1965 obtuvo su doctorado en etología (ciencia del comportamiento) en Cambridge y, para la década de los 70, se convirtió en la máxima experta en chimpancés del mundo, lo que sigue siendo hasta hoy, a los 72 años.
Desde 1957, Jane Goodall ha demolido, sin proponérselo, muchos grandes mitos sobre el ser humano y sus parientes, los simios. No, el ser humano no era el único que usaba herramientas. No, no era el único que comía carne y cazaba. Y no, tampoco era el único en hacer la guerra contra sus congéneres. Los estudios de Goodall, así como su fundación, tienen propósitos científicos y conservacionistas, pero también se han convertido en elemento clave de varios debates filosóficos sobre lo que realmente significa la palabra humano y han obligado a muchos a aceptar una posición bastante más humilde que la de cumbre de la Creación que con tanta alegría algunos han adjudicado a nuestra especie.


El interés del ser humano por los primates, muy especialmente los grandes simios, tiene una explicación sencilla: es imposible cerrar los ojos a las similitudes que tienen con nosotros. Simplemente la presencia en estos animales de manos capaces de realizar manipulaciones finas, con uñas en lugar de garras, resulta tremendamente llamativa. Hubo quien quiso ver en el pasado a los chimpancés como humanos degenerados, pero el estudio de la evolución ha establecido con gran certeza que el chimpancé y el ser humano proceden de un ancestro común que vivió hace unos 6 millones de años. A partir de ese momento, las dos especies tomaron caminos evolutivos distintos. La del chimpancé se dividió además hace 2,5 millones de años en dos especies: el chimpancé verdadero (Pan troglodytes) y el chimpancé pigmeo o bonobo (Pan paniscus), conocido por su pasión por el sexo.


Iguales en un 99%


Los estudios del genoma humano han permitido probar definitivamente esta cercanía, al determinar que el ser humano y el chimpancé comparten más del 99% de su material genético. Para ser precisos, los cromosomas 1, 4, 5, 9,12, 15, 16, 17 y 18 del ser humano tienen invertidos grandes tramos de código, si los comparamos con los cromosomas homólogos del chimpancé; y el cromosoma humano 2 es el resultado de la fusión de dos cromosomas que siguen separados en todos los demás grandes antropoides, por lo que nosotros tenemos 23 pares de cromosomas, mientras que los chimpancés y otros grandes primates tienen 24.


Esta cercanía genética ha sido clave para que los estudios con chimpancés ofrezcan grandes avances en áreas de estudio como el VIH-sida –los chimpancés son los únicos animales, aparte de nosotros, que pueden ser infectados por el VIH– y el desarrollo de la vacuna contra la hepatitis B, así como en la profundización de nuestro conocimiento sobre patrones sociales, conductuales y sexuales que compartimos con estos simios.
Además, el estrecho parentesco del ser humano y el chimpancé se ha convertido en tema de gran preocupación entre los grupos integristas que promueven el creacionismo. El que un tramo de código genético se invierta no es poco habitual, y se ha podido observar en animales de la misma especie, donde una línea de descendencia tiene un tramo de código invertido respecto de otra. Hay indicaciones de que la fertilidad es menor entre los individuos que tienen esa diferencia y entre los que no la tienen, y por ello algunos científicos consideran que la inversión de código es parte del proceso de separación de las especies.


Las diferencias genéticas son una forma de confirmar lo que el registro fósil nos va desvelando, pues la alteración genética por mutaciones, inversiones... tiene una velocidad de aparición constante en el tiempo. A mayor diferencia en la constitución genética de dos especies, mayor es el tiempo transcurrido desde que se separaron a partir de un ancestro común. Si el tiempo de separación que nos indica la diferencia genética coincide con lo que indica el registro fósil y sus numerosos métodos de datación, hay razones muy sólidas para aceptar que hubo un ancestro común y, por tanto, una evolución de las dos especies que explicaría cómo cada una tomó su propio rumbo evolutivo en función de sus necesidades de supervivencia.


Asombro y conocimiento


Si somos, como sugiere Jared Diamond, el tercer chimpancé, formando una misma familia con chimpancés y bonobos, no cambiaría en nada la realidad de nuestra especie; pero puede cambiar nuestra percepción de nosotros mismos tanto como los chimpancés han permitido que mejore nuestra salud y nuestro bienestar. Es quizá por ello que muchos temen verse reflejados en el espejo del chimpancé, aunque otros muchos encuentren en ello motivo de asombro y conocimiento, además de recordarnos lo que puede hacer una secretaria decidida a conocer el mundo en el que vive.

Picasso y el mono pintor

El Instituto de Artes Contemporáneas de Londres presentó en 1957 una exposición de pintura abstracta que asombró e inquietó a más de uno, pues los autores de las obras eran chimpancés y las habían realizado como parte de un estudio del científico inglés Desmond Morris. Ese mismo Desmond Morris, estudioso del comportamiento animal y pintor, protagonizaría en años posteriores un escándalo menor con su libro de divulgación El mono desnudo, que decía abiertamente que el ser humano es esencialmente un primate sin pelo, y nos asombraría en 1981 con El deporte rey (The soccer tribe), donde analiza el fútbol y cuanto lo rodea en términos de tribalismo esencial.


El orgullo de algunos se vio herido por aquellos chimpancés capaces de pintar obras que no desagradaban a muchos críticos, los mismos que destacaron los trabajos de uno de los artistas en particular, llamado Congo, el favorito de Morris. La situación fue a peor cuando Morris publicó sus experiencias indicando, entre otras cosas, que los chimpancés pintores eran todos jóvenes, pues perdían el interés por el lienzo y las pinturas al dejar la adolescencia.


El gran avalista de Congo fue, sin embargo, Pablo Picasso. Cuando un reportero le sugirió al genio malagueño que el trabajo pictórico del chimpancé no era arte, Picasso respondió mordiendo al periodista. Después de todo, no pocos encontraron ingenioso decir lo mismo de la obra de Picasso muchas veces. Se dice, y no es descabellado, que Picasso adquirió una de las pinturas de Congo y la colgó en su estudio, que no es poco elogio para Congo… y para Pablo Picasso.

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