Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

La obesidad, ¿vencida?

Hace pocos días se anunciaba el descubrimiento de un gen y una proteína, UCP2, calificados por algunos como la panacea de la obesidad, ya casi al alcance de la mano. Es comprensible el interés por el tema, ya que la obesidad es una importante condición crónica que afecta a un elevado porcentaje de la población, siendo numerosas sus complicaciones médicas e implicaciones sociales.

Más de la mitad de los humanos nos sometemos alguna vez a algún tipo de dieta adelgazante. En la gran mayoría de los casos el fracaso es su final. Todas las dietas milagrosas adelgazantes son estafas en mayor o menor grado. En los seres vivos no existen los milagros termodinámicos. Los humanos adquirimos, por medio de los nutrientes, una determinada cantidad de energía (Kilocalorías). Esa energía la aprovechamos, convirtiéndola cuantitativamente en trabajo y calor, es decir, energía útil y energía inútil, respectivamente. Dentro del trabajo podemos citar al químico, necesario para construir nuestras propias moléculas, células o tejidos; el eléctrico, para nuestro sistema nervioso; el osmótico, con el que eliminamos sustancias indeseables o mantenemos entornos iónicos celulares adecuados; y el mecánico, preciso para la circulación sanguínea, nuestros movimientos, ejercicio, etcétera.

Aunque al final todas las energías se degradan a calor, lo que interesa es que cierta proporción elevada (casi un 50%) de la energía que tomamos se puede convertir directamente en útil, a través de la producción de moléculas de ATP (adenosina trifosfato), en un proceso denominado fosforilación oxidativa. El ATP sustenta todo nuestro trabajo interno (celular, tisular, orgánico) y externo.

Si ingerimos (nutrientes) más energía que gastamos (calor + trabajo) ganamos peso. Si sucede al revés, lo perdemos. Entonces, ¿por qué es posible que en dos personas, de semejantes características físicas, que toman la misma energía, una pueda perder peso y otra ganarlo?. La razón es que en la primera, la energía ingerida la transforma en una mayor proporción de calor que la segunda, por lo que ante las mismas necesidades de energía útil para las dos, para la primera es insuficiente la energía procedente de los nutrientes, mientras que a la segunda le sobra energía y la almacena como grasa.

CÉLULAS GRASAS. Las reservas energéticas humanas radican, mayoritariamente, en las grasas del tejido adiposo. Las reservas grasas son necesarias para mantener nuestro metabolismo entre las comidas, mientras dormimos, cuando hay escasez de aporte energético o para cuando realizamos un gasto energético elevado (ejercicio). Fundamentalmente, existen dos tipos de células adiposas. Las blancas, mayoritarias, las usamos para proporcionar energía que, en parte, se transforma en útil, con los mecanismos y circunstancias antes señalados. Las otras células adiposas constituyen el tejido adiposo marrón o pardo, en el que la degradación de las grasas solo da calor, energía inútil. En los niños recién nacidos el papel termogénico, generador de calor, de este tejido es esencial. Pero en los adultos el tejido adiposo marrón disminuye con la edad y su cuantía es pequeña. Donde juega un protagonismo total es en los animales que hibernan, tales como el oso pardo: durante el largo descanso, con la grasa de las reservas se obtiene un rendimiento casi total en forma de calor, lo que les permiten mantener funcionalmente mínimas sus actividades vitales.

Si bien en los humanos la cuantía de este tejido marrón no es importante, sí lo es su significado conceptual, ya que posee algo, alguna molécula, que hace que el cociente calor/trabajo útil se module, de modo que la energía de las reservas no produzca energía química aprovechable (ATP), sino calor. Desde hace algún tiempo se conocía el por qué: un gen de nuestro genoma se expresa específicamente en el tejido adiposo marrón y hace que se sintetice una proteína, la UCP1 (UnCoupling Protein 1) que, en las mitocondrias, que son como los motores de nuestras células, provoca se desacople la fosforilación oxidativa. Disminuye drásticamente la producción del ATP y la energía se disipa como calor. Es como si la reserva energética de un automóvil, la gasolina (las grasas del tejido adiposo) hiciese funcionar el motor (las mitocondrias), pero no operase la transmisión (por el desacoplamiento), con lo que la energía no sería para mover el coche (ATP) sino tan solo para producir calor.

Sin embargo, está claro que la UCP1 no está implicada notoriamente en el problema de la obesidad ya que ésta, especialmente, se asocia a una mayor cantidad y volumen de células grasas blancas de reserva, que carecen de UCP1. Y tampoco la UCP-1 se encuentra en otros tejidos, diferentes al marrón.

LA UCP-2. Lo que científicos franceses y americanos acaban de descubrir es otra proteína hermana de la UCP-1. Se trata de la UCP-2, con funciones análogas desacopladoras de la fosforilación que la UCP-1, pero con la novedad que se encuentra presente en muchos tejidos adultos, incluyendo el muscular y el tejido adiposo blanco. Los datos obtenidos son lógicos: los ratones obesos poseen menos UCP-2 que los normales o que los resistentes a la obesidad; en humanos, algunos estudios preliminares, indican que se da la misma situación. Se ha localizado el gen correspondiente a la UCP-2 en el cromosoma 7 de los ratones y en el cromosoma 11 de los humanos. Ello significa que, pronto, se dispondrá del gen en el laboratorio y se podrá producir la proteína UCP-2 biotecnológicamente. De ahí las expectativas creadas. Pero más trascendente será descubrir su mecanismo íntimo de acción, ya que ello posibilitará el desarrollo de fármacos de síntesis que, sin ser la propia proteína, accedan a las células precisas y ejerzan la misma acción que la proteína UCP-2, con mecanismos similares a los de actuación de otros medicamentos que actualmente usamos.

No olvidemos, pues, lo esencial: el descubrimiento de la UCP-2 es muy importante para conocer las razones de la obesidad, pero el control del acoplamiento/desacoplamiento de la fosforilación oxidativa puede ser complejo. Valdría la pena recordar que en los años 20 se descubrió que una pequeña molécula, el 2,4 dinitrofenol, era un desacoplador de la fosforilación oxidativa y que podría producir pérdidas de peso. Lo que ocurrió lo relataba el gran bioquímico Efraim Racker, en 1929: "algunos médicos emprendedores empezaron a administrar dinitrofenol a pacientes obesos sin las debidas precauciones. Los resultados fueron sorprendentes. Desgraciadamente en algunos casos el tratamiento no eliminó solamente la grasa sino también a los propios pacientes, que murieron". De ahí la necesidad de disponer siempre de las suficientes dosis de prudencia.